ojos tristes

Mi pequeña utopía, viví dentro de un kaleidoscopio perdido que encontré entre la hierba de alguna solitaria vez en la que me aventuré a explorar. 
Yo no quería estar sola. Siempre imaginé tener compañeros de viaje, siempre quise estar en una manada de mi misma especie, sentirme resguardada con otros, despertar y no escuchar el ruido del vacío.


No era tan difícil voltear al cielo, fue más difícil aceptar la realidad cada noche en mi ventana. Mi única compañía eran las luces encendidas de las ventanas cercanas, mientras el león, su cachorro y el ciervo dormían, yo buscaba aterrada a cuál estrella pertenecía. 
El día era tan mundano, tan lleno de juicios y reproches. El ciervo asechado siempre huía. Y yo, tenía que seguir.


Crecer entre leones te hace infeliz y fuerte.

Estaba al borde del precipicio obligada a saltar, el tiempo había pasado y esa foránea sensación permanecía. Después de meditar en la orilla, me di cuenta de que aún habían estrellas sin descubrir. 
Así que, me abandoné en el lugar que había creado, dejé una nota, y por si acaso, un laberinto de regreso, un código que tardaría en descifrar; coexistir.


Ese fue mi hueco, insaciables necesidades que me hicieron tropezar, me hicieron recorrer caminos innecesarios, esa ventana entre reflejos me hizo entender que este lugar no es al que pertenezco.


Dejé que la amargura de perfección me consumiera. 
Dejé de ser yo. Me puse un disfraz, imponente, frío, inflexible, rígido, en escala de grises para no desentonar, para ocultarme a mí misma frente al espejo. Un disfraz que sin saber lo seguí confeccionando.
Pero navegué en el tiempo. Me cansé de cargar con ese odio ajeno, me cansé de llevar en la espalda tantas expectativas y de tener cubierta mi cabeza con vendas. 


Atravesé el laberinto. No hay nadie. Las manos y el corazón vacíos es el costo. ¿Cuándo es hora de partir?

Gracias por compartir este momento.
Adriana.